Lobos y gacelas VI

 

Carmen había cambiado. Desde que Jack la montó, se los veía juntos a todas horas desafiando abiertamente las normas de la organización que prohibía la formación de parejas estables por atentar contra el espíritu del centro: sexo libre, sin compromisos ni ataduras.

 

Fui testigo de una escena en pleno comedor que daba una idea exacta de lo poco que les importaba el resto del mundo. Me acompañaba Silvia, una mujer de mi edad, abogada, con la que había intimado el día anterior. Nos caímos bien y nos quedamos con ganas de más. Bien entrada la tarde coincidimos en lo alto de la loma; en silencio, viendo la puesta de sol, nos enlazamos las manos sin darnos cuenta. Silvia no era una mujer de una belleza arrolladora, pero tenía un atractivo peculiar: sus ojos sonreían, su cuerpo maduro apetecía y sus gestos conservaban una sensualidad soterrada que me caló sin darme cuenta. Le propuse follar allí mismo, sobre la hierba, escuchando el canto de los grillos.

 Ten years after

 

El Salón de Actos de la Facultad lucía el mismo suelo de mármol desgastado de siempre. Nada había cambiado en estos años: otras caras, pero los mismos gestos. Pensarían que habían inventado ellos las viejas artimañas que llevan décadas practicándose para trepar en esta aula magna, templo del saber.

 

Apuraba una copa de Rioja en la recepción posterior al congreso, tratando de asimilar la marea de recuerdos que, por unas cosas u otras, estaba a punto de amargarme la tarde.

 Avance del capítulo 212 

 

 

«Nothing ever stays
Nothing comes to mind
No one can erase
The days we left behind

 

Nada permanece para siempre

Y aunque no se me venga nada a la cabeza

nadie puede borrar los días que dejamos atrás»

 

The days we left behind  2026 Paul McCartney

 

 Lobos y gacelas V

Man in black

 

Lo había visto. ¿Cómo no verlo? Un coloso negro de piel brillante como el ébano pulido bajo la luz del sol no pasa desapercibido. Se pasea desnudo haciendo gala de un físico esculpido a golpes de cincel. Hombros anchos, pecho profundo, abdominales como placas de armadura y unos brazos surcados por gruesas venas, tan potentes que parecen capaces de sostener el mundo. Y siempre, siempre, acompañado de alguna de las mujeres más deseadas del recinto. Entre ellas, como no, figura Carmen.

 

Es solo cuestión de tiempo que coincidan. O que se busquen. O que colisionen.

 Lobos y gacelas El inicio

 

Hace calor, demasiado para esta época del año.

 

Me levanto con cuidado de no despertarla. En la cocina, me sirvo un vaso de agua helada que me devuelve el aliento. Al cruzar de nuevo el salón, la brisa de las ventanas abiertas de par en par me acaricia la piel sudada. Tras una parada en el baño, regreso a la penumbra del salón; consulto el móvil y dejo que el aire termine de secarme.

 

De vuelta al dormitorio, me detengo en la puerta a contemplarla. Las sábanas están revueltas. Ella duerme boca abajo.