Aviso a navegantes
Cuando pasen los meses, o los años, se habrá perdido el contexto que, a día de su publicación, tiene este breve relato. Es por ello que añado un preámbulo para poner en situación a aquellos que se acerquen en un futuro más o menos lejano.
Hace unas horas —trece de octubre del dos mil veintiséis— y a raíz de un comentario mío (“Cómo me gusta ser tres, ya me entendéis”) en el capítulo doscientos once, varios lectores especularon sobre las supuestas / posibles / probables relaciones íntimas entre, digamos, el protagonista y las mujeres de la familia de su esposa. Incluso alguien rebosando osadía llegó a apostar, al estilo del «qué fue primero, el huevo o la gallina», quién caería antes en las perversas manos del autor: la hermana o la madre de la protagonista. A lo que yo respondí: «Sois libres de especular, estaría bueno. El tiempo responderá.»
Y todo habría quedado ahí si no fuera porque las hermanas se dieron por aludidas, entraron al juego y en pleno ataque combinado, me recordaron el Asunto Diana. «Puestos a especular…», dijeron a dúo. Insistieron, puse objeciones, pero con ellas, la batalla está perdida: terminé por claudicar, me sumé a la idea y esta madrugada plasmé en un breve relato la precuela de lo que en su día será (o es, según cuando se lea este preámbulo) la historia de Diana. Lo publico tal cual antes de que se me escape volando la primera versión que ha surgido de entre mis recuerdos robándole tiempo al sueño, ya me disculpareis, no he querido perder tiempo en depurarlo.
Puestos a especular… ¡más madera!