Lobos y gacelas El inicio
Hace calor, demasiado para esta época del año.
Me levanto con cuidado de no despertarla. En la cocina, me sirvo un vaso de agua helada que me devuelve el aliento. Al cruzar de nuevo el salón, la brisa de las ventanas abiertas de par en par me acaricia la piel sudada. Tras una parada en el baño, regreso a la penumbra del salón; consulto el móvil y dejo que el aire termine de secarme.
De vuelta al dormitorio, me detengo en la puerta a contemplarla. Las sábanas están revueltas. Ella duerme boca abajo.