Lobos y gacelas VI
Carmen había cambiado. Desde que Jack la montó, se los veía juntos a todas horas desafiando abiertamente las normas de la organización que prohibía la formación de parejas estables por atentar contra el espíritu del centro: sexo libre, sin compromisos ni ataduras.
Fui testigo de una escena en pleno comedor que daba una idea exacta de lo poco que les importaba el resto del mundo. Me acompañaba Silvia, una mujer de mi edad, abogada, con la que había intimado el día anterior. Nos caímos bien y nos quedamos con ganas de más. Bien entrada la tarde coincidimos en lo alto de la loma; en silencio, viendo la puesta de sol, nos enlazamos las manos sin darnos cuenta. Silvia no era una mujer de una belleza arrolladora, pero tenía un atractivo peculiar: sus ojos sonreían, su cuerpo maduro apetecía y sus gestos conservaban una sensualidad soterrada que me caló sin darme cuenta. Le propuse follar allí mismo, sobre la hierba, escuchando el canto de los grillos.