Aviso a navegantes

 

Cuando pasen los meses, o los años, se habrá perdido el contexto que, a día de su publicación, tiene este breve relato. Es por ello que añado un preámbulo para poner en situación a aquellos que se acerquen en un futuro más o menos lejano.

 

Hace unas horas —trece de octubre del dos mil veintiséis— y a raíz de un comentario mío (“Cómo me gusta ser tres, ya me entendéis”) en el capítulo doscientos once, varios lectores especularon sobre las supuestas / posibles / probables relaciones íntimas entre, digamos, el protagonista y las mujeres de la familia de su esposa. Incluso alguien rebosando osadía llegó a apostar, al estilo del «qué fue primero, el huevo o la gallina», quién caería antes en las perversas manos del autor: la hermana o la madre de la protagonista. A lo que yo respondí: «Sois libres de especular, estaría bueno. El tiempo responderá.»

 

Y todo habría quedado ahí si no fuera porque las hermanas se dieron por aludidas, entraron al juego y en pleno ataque combinado, me recordaron el Asunto Diana. «Puestos a especular…», dijeron a dúo. Insistieron, puse objeciones, pero con ellas, la batalla está perdida: terminé por claudicar, me sumé a la idea y esta madrugada plasmé en un breve relato la precuela de lo que en su día será (o es, según cuando se lea este preámbulo) la historia de Diana. Lo publico tal cual antes de que se me escape volando la primera versión que ha surgido de entre mis recuerdos robándole tiempo al sueño, ya me disculpareis, no he querido perder tiempo en depurarlo.

 

Puestos a especular… ¡más madera!

 

 Vértigo

 

 

Está en bragas sentada frente al Mac repasando su texto. Nos resistimos a dejar que el otoño entre en nuestras vidas. Mañana volveremos a Madrid pero esta noche, frente a la bahía, apuramos las ultimas bocanadas del verano.

Está concentrada. Lee, relee, retrocede, repasa, corrige; es tan concienzuda como yo. A su lado, un gin tonic poco cargado. La observo desde el sillón fingiendo que leo. Sigue tan hermosa como la que aparece plasmada en el relato que pule. «Mi trabajo me cuesta», dice en un párrafo.

 

Y la deseo, Dios, cómo la deseo.

Me llama, me consulta una duda, le corrijo además una coma por un punto y coma. Me aparto, no quiero interferir en su relato. Me asomo al balcón desde el que se ve la bahía que luce iluminada en la penumbra. Esta noche va a ser larga, me temo, pero su relato estará terminado y publicado.

 Lobos y gacelas VI

 

Carmen había cambiado. Desde que Jack la montó, se los veía juntos a todas horas desafiando abiertamente las normas de la organización que prohibía la formación de parejas estables por atentar contra el espíritu del centro: sexo libre, sin compromisos ni ataduras.

 

Fui testigo de una escena en pleno comedor que daba una idea exacta de lo poco que les importaba el resto del mundo. Me acompañaba Silvia, una mujer de mi edad, abogada, con la que había intimado el día anterior. Nos caímos bien y nos quedamos con ganas de más. Bien entrada la tarde coincidimos en lo alto de la loma; en silencio, viendo la puesta de sol, nos enlazamos las manos sin darnos cuenta. Silvia no era una mujer de una belleza arrolladora, pero tenía un atractivo peculiar: sus ojos sonreían, su cuerpo maduro apetecía y sus gestos conservaban una sensualidad soterrada que me caló sin darme cuenta. Le propuse follar allí mismo, sobre la hierba, escuchando el canto de los grillos.

 Ten years after

 

El Salón de Actos de la Facultad lucía el mismo suelo de mármol desgastado de siempre. Nada había cambiado en estos años: otras caras, pero los mismos gestos. Pensarían que habían inventado ellos las viejas artimañas que llevan décadas practicándose para trepar en esta aula magna, templo del saber.

 

Apuraba una copa de Rioja en la recepción posterior al congreso, tratando de asimilar la marea de recuerdos que, por unas cosas u otras, estaba a punto de amargarme la tarde.

 Avance del capítulo 212 

 

 

«Nothing ever stays
Nothing comes to mind
No one can erase
The days we left behind

 

Nada permanece para siempre

Y aunque no se me venga nada a la cabeza

nadie puede borrar los días que dejamos atrás»

 

The days we left behind  2026 Paul McCartney