Lobos y gacelas

 

Me quedé quieto en la puerta del salón, sin aire en los pulmones.

 

Allí estaba Carmen, desnuda sobre el amplio sofá de terciopelo rojo. Su cuerpo brillaba bajo la luz cálida de la lámpara de pie. Tenía la piel más morena y tersa, con ese tono dorado que siempre me volvía loco. Su cabello negro, largo y ondulado, caía desordenado sobre uno de los hombros, dejando al descubierto su espalda curvada y la línea elegante de la columna. Le había crecido desde la última vez que la vi.

 Los buenos momentos de ayer

 

Ella yace tendida sobre el suelo blanco. Su cuerpo desnudo forma una curva sinuosa, rendida pero firme. Poco a poco recupera el aliento mientras él, a sus pies, le acaricia el tobillo de la pierna alzada; tiene la mirada perdida entre ambas, ahí donde ha estado hace un minuto. 

In memoriam

 Mis amigos

 

«Son mis amigos
En la calle pasábamos las horas
Son mis amigos 
Por encima de todas las cosas

 

Amaral»

 

La carta inesperada


Cayo cerró la puerta de su apartamento con un suspiro de cansancio. Otra firma de libros agotadora, otra horda de fans aduladores que lo miraban como si fuera un dios. Desde que le concedieron el premio Paleta de literatura, dotado con dos millones de euros, su vida había dado un vuelco. Es verdad que, si después de publicar su primer libro no hubiese fichado como tertuliano para una de las cadenas privadas de televisión más polémicas, no habría optado a ganar el premio literario más codiciado que curiosamente pertenecía al mismo grupo editorial que la cadena televisiva en la que departía cada mañana sobre temas de actualidad. Como dijo un compañero de tertulia: Todo queda en casa.

 

Has llegado al Diario de un consentidor



Dieciocho años dedicados a escribir una historia que aún no ha acabado. 


Cuatro millones cien mil accesos


Más de doscientos capítulos


Más de doscientos personajes


Más de cuatro horas de música


Más de ciento ochenta horas de lectura y


Cuatro mil quinientas páginas de erotismo te esperan.



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