Lobos y gacelas
Me quedé quieto en la puerta del salón, sin aire en los pulmones.
Allí estaba Carmen, desnuda sobre el amplio sofá de terciopelo rojo. Su cuerpo brillaba bajo la luz cálida de la lámpara de pie. Tenía la piel más morena y tersa, con ese tono dorado que siempre me volvía loco. Su cabello negro, largo y ondulado, caía desordenado sobre uno de los hombros, dejando al descubierto su espalda curvada y la línea elegante de la columna. Le había crecido desde la última vez que la vi.