In memoriam

 Mis amigos

 

«Son mis amigos
En la calle pasábamos las horas
Son mis amigos 
Por encima de todas las cosas

 

Amaral»

 

La carta inesperada


Cayo cerró la puerta de su apartamento con un suspiro de cansancio. Otra firma de libros agotadora, otra horda de fans aduladores que lo miraban como si fuera un dios. Desde que le concedieron el premio Paleta de literatura, dotado con dos millones de euros, su vida había dado un vuelco. Es verdad que, si después de publicar su primer libro no hubiese fichado como tertuliano para una de las cadenas privadas de televisión más polémicas, no habría optado a ganar el premio literario más codiciado que curiosamente pertenecía al mismo grupo editorial que la cadena televisiva en la que departía cada mañana sobre temas de actualidad. Como dijo un compañero de tertulia: Todo queda en casa.

 

Has llegado al Diario de un consentidor



Dieciocho años dedicados a escribir una historia que aún no ha acabado. 


Cuatro millones cien mil accesos


Más de doscientos capítulos


Más de doscientos personajes


Más de cuatro horas de música


Más de ciento ochenta horas de lectura y


Cuatro mil quinientas páginas de erotismo te esperan.



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 Lucia McFly

 

Prólogo

 

Este texto surge a raíz de unos comentarios de Lucia en “Underboob” a propósito del regreso de Irene publicados en el blog que motivaron mi respuesta y me inspiraron a escribir una pequeña fantasía que publiqué, primero como respuesta a su comentario y ahora traigo aquí.

La Transformación de Esther (extracto)

 Capitulo 1xx

 

 

[Escrito durante la primera quincena de Octubre de 2020].

 

(13-11-2020 08:49)

 

31-03-2021 17:05


La transformación de Esther

 

No estaba bien, Mario me lo había dicho; aparentaba ser la misma pero cuando creía que nadie la observaba bajaba la guardia y se deshacía de la máscara de desenfado y normalidad con la que se presentaba ante todos. Definitivamente, mi hermana no se había recuperado a dos meses de la separación.

 

Y no era porque lo echase de menos; estaba tan convencida como nosotros de que se había librado de un lastre que le impedía vivir plenamente. «No era consciente del daño que me hacía hasta que se ha ido», me dijo un día. Sin embargo, pasaba el tiempo y no levantaba cabeza, seguía tan hundida como el día que lo vio en el hospital. Aunque disimulaba.

 

Tenía que hacer algo,