Lobos y gacelas
Me quedé quieto en la puerta del salón, sin aire en los pulmones.
Allí estaba Carmen, desnuda sobre el amplio sofá de terciopelo rojo. Su cuerpo brillaba bajo la luz cálida de la lámpara de pie. Tenía la piel más morena y tersa, con ese tono dorado que siempre me volvía loco. Su cabello negro, largo y ondulado, caía desordenado sobre uno de los hombros, dejando al descubierto su espalda curvada y la línea elegante de la columna. Le había crecido desde la última vez que la vi.
Estaba en una postura deliberadamente provocativa. Tumbada sobre el sofá, con el torso inclinado hacia delante y los brazos apoyados, había arqueado la espalda de forma pronunciada, empujando sus caderas hacia atrás y elevando el culo de manera obscena. Las nalgas, redondas y firmes, estaban separadas lo suficiente como para dejar ver claramente el ano, fruncido y reluciente por el lubricante que se había aplicado con cuidado. Un poco más abajo, los labios hinchados asomaban entre sus muslos, gruesos y suaves.
Sus piernas estaban abiertas, una ligeramente flexionada y la otra extendida, con los pies descalzos colgando del borde del sofá. Los dedos se le curvaban ligeramente contra el terciopelo rojo, y pude apreciar las plantas suaves y rosadas. Sus pechos colgaban balanceándose con cada respiración agitada. Tenía los pezones duros, erectos por la excitación.
Carmen giró ligeramente la cabeza hacia un lado para mirarme por encima del hombro. Sus ojos negros brillaban con una mezcla de vergüenza, deseo y sumisión. Tenía los labios entreabiertos, respiraba con dificultad y un leve rubor le cubría las mejillas y el cuello.
Sentí cómo se me endurecía la polla al instante. Mi Carmen, la que había sido mi esposa, preparada como una puta en celo, ofreciéndole su culo a uno de mis amigos. El contraste entre su postura tan descaradamente sexual y la elegancia natural de su cuerpo me estaba volviendo loco. Cada curva, cada pliegue expuesto, cada centímetro de piel que iba a ser tocado y follado por otro hombre… todo estaba ahí, expuesto y listo.
Y lo más excitante era que ella lo había hecho por y para mí. Se había colocado exactamente así, esperando. Preparada para ser sodomizada.
—¿Qué se siente al saberse amada, Carmen? —preguntó Manuel.
Carmen se incorporó lo suficiente para mirarlo.
—No me hagas reír, tú no me amas, Manuel, me deseas. Ni siquiera. Deseas mi culo y, en cuanto lo tengas una o dos veces, perderás el interés. —Entonces se fijó en mi presencia y me dijo—: Estás ahí. Díselo tú, Mario, dile que tengo razón.
—Es cierto, Manuel —intervine yo—. Quieres follártela, lo demás es poesía barata. Te mueres por metérsela por el culo. No me extraña, tiene un culo divino. Hazlo y déjate de versos empalagosos que ni ella necesita ni a ti se te dan bien.
—Bien dicho —me aplaudió Carmen.
Separados y todo, seguíamos haciendo un buen equipo. Manuel agachó las orejas, la enganchó por las caderas y la sodomizó con poco arte, una torpeza que Carmen suplió mirándome fijamente a los ojos mientras él la zarandeaba. Ella, tan exhibicionista como siempre; y yo, tan mirón como de costumbre. Me acerqué y me corrí sobre su espalda a pesar de las protestas de mi amigo Manuel, que trató de apartarme sin conseguirlo. «Maricón», «cornudo»... esas y otras lindezas que me soltó no hicieron más que añadir lumbre al incendio que logré avivar en ella.
Manuel terminó y se alejó de allí, insultando a «esa pareja de desviados». Yo me quedé cerca, mirándola reponerse de un mal polvo con mi firma en la espalda. Hubiera querido resarcirla si me hubiera atrevido a proponérselo. Tras unos minutos de absurdo silencio, la dejé sola. Supuse que no por mucho tiempo; éramos demasiados lobos para tan pocas gacelas.
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