In memoriam

 Mis amigos

 

«Son mis amigos
En la calle pasábamos las horas
Son mis amigos 
Por encima de todas las cosas

 

Amaral»

 

 

El aire de la madrugada en Gijón traía salitre y frío por la rendija del balcón. Eran las seis cuando el teléfono vibró sobre la mesa de pino: era Elena. Su voz, filtrada por una mala conexión, me devolvió a una realidad que intentaba ignorar. Me contaba, entre sollozos, que la casa de la calle Corrida, nuestro refugio durante aquellos meses, por fin se había cerrado; el casero no había perdonado un solo mes más de retraso y Hugo, el último de nosotros que seguía resistiendo, había tenido que hacer las maletas y mudarse de vuelta al pueblo de sus padres.

 

Colgué y me quedé mirando el puerto, donde los mástiles de los barcos apenas se distinguían contra el azul oscuro del Cantábrico. Busqué un ruido, cualquier cosa que llenara el vacío de la casa, y lo encontré al otro lado del pasillo. Era Javi, en la habitación contigua. No tocaba una canción, punzaba las cuerdas de su vieja guitarra con torpeza, como si intentara traducir en notas el desorden que le había quedado en la cabeza desde que Lucía, la eterna inalcanzable, se marchó sin decir adiós.

 

Cierro los ojos y, de repente, el porche de mi casa de la sierra se llena de espectros. Vuelvo a ver a Marcos contándonos que han echado a su hermana pequeña de la fábrica de conservas, sin previo aviso, en mitad de una temporada nefasta. Aquella tarde nos fuimos todos a la cuesta del cholo, bebimos sidra y brindamos por su despido, convencidos de que estar fuera de aquel infierno era, en realidad, un golpe de suerte que ella aún no alcanzaba a ver. Celebramos la libertad de los precarios, la alegría de los que no tienen nada que perder.

 

La vida nos ha ido dispersando como la espuma de las olas contra el espigón. Paula terminó mudándose a Sevilla por un trabajo que odió hasta el último día, y de los demás, de los que compartíamos las noches eternas de risas y debates absurdos, apenas sé qué es de ellos.

 

Pero el dolor real, ese que se clava en el centro del pecho, tiene nombre y apellido. La noticia de la muerte de Hugo me llegó ayer, seca, como un telegrama sin emoción. El mismo Hugo que nos obligaba a salir de casa cuando estábamos hundidos, el que siempre tenía un plan, un destino o una palabra amable para sostenernos cuando el edificio se nos caía encima. El que, sin saberlo, era el eje sobre el que giraban todas nuestras historias.

 

Ahora, mientras el sol se esconde detrás de la montaña, me doy cuenta de que, aunque vuelva, las calles que recorrimos ya no son las mismas, las aceras ya no guardan nuestros pasos, sino el eco de una época que se ha cerrado para siempre. Solo queda la gratitud de haber estado ahí, de haber compartido ese tramo de camino, aunque el destino haya decidido que, a partir de hoy, tendré que aprender a caminar sin él.

 

In memoriam

 

Hugo

 

A quien fue nuestro faro, nuestro refugio y la mejor parte de nuestras vidas.

 


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