Los buenos momentos de ayer
Ella yace tendida sobre el suelo blanco. Su cuerpo desnudo forma una curva sinuosa, rendida pero firme. Poco a poco recupera el aliento mientras él, a sus pies, le acaricia el tobillo de la pierna alzada; tiene la mirada perdida entre ellas, ahí donde ha estado hace un minuto.
El brazo derecho se extiende hacia delante, con la mano relajada bajo la mejilla y los dedos ligeramente curvados, como si aún sostuvieran el eco del placer. El brazo izquierdo descansa doblado bajo el pecho; los senos, de una rigidez atlética, desafían la fría horizontalidad sin perder su forma, con los pezones oscuros todavía endurecidos. La espalda se arquea huyendo del contacto; la columna vertebral dibuja un arco limpio que desciende hasta la cintura estrecha y las caderas anchas. La pierna derecha, flexionada y alzada hacia un lado, apunta con la rodilla al techo y expone su intimidad; la otra se estira larga, con el pie entregado a las manos de su amante. El cabello oscuro se desparrama, salvaje, sobre el hombro y el brazo, con algunos mechones pegados a la piel húmeda de sudor. Tiene la cabeza girada casi por completo hacia atrás, forzando el cuello en una tensión delicada; sus ojos, muy abiertos e intensos, se clavan directamente en los míos mientras tararea, bajito, la canción que se cuela por el patio:
«Estoy cansada ya de inventar
excusas que no saben andar
Y solo quedarán
los buenos momentos de ayer
que fueron de los dos...»
Sus ojos negros me dicen, sin hablar: «¿Lo ves?, no pasa nada».
Hay una mezcla de desafío y ternura en esa mirada. Sus labios entreabiertos dejan escapar un suspiro entrecortado, provocado por la mano que ahora castiga su empeine. La luz baña su piel en tonos suaves, resaltando cada curva, cada sombra donde la boca y las manos del intruso estuvieron hace apenas un instante. Él, todavía arrodillado, la mira con adoración y desliza los dedos con lentitud por la pantorrilla como si quisiera retener el dominio. El ambiente huele a sexo y a ella.
—Ven aquí —me susurra con la voz ronca—. No he terminado.
No, por supuesto; queda mucha noche antes de que se sienta colmada.
Me acerco despacio. Mis rodillas tocan el suelo junto a su cadera. Puedo ver el leve temblor en sus muslos, el rubor que aún tiñe su pecho. Ella no se mueve, mantiene esa postura expuesta, vulnerable y poderosa al mismo tiempo, como si supiera exactamente el efecto que me causa. Los dedos de su mano libre se levantan apenas, rozan los míos y tiran de mí con suavidad hasta que mi cuerpo cubre el suyo a medias. Él se retira en silencio, cediéndome el espacio.
—Otra vez —dice ella, y sus ojos brillan con la certeza de quien sabe que puede pedir lo que quiera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario