Lobos y gacelas II
«¿Quién es? No lo he visto en todo el día, no sé quién es y ahora la lleva en brazos como si estuviera desmayada. No lo está, la conozco, está ida, absolutamente en las nubes. La han debido de dejar exhausta y ahora él se la lleva en brazos, supongo que a la casa para seguir allí el festín.
Tiene buena herramienta el cabrón, se balancea con cada paso. Imagino que mientras le comía las tetas, Carmen le habrá acariciado la cabeza afeitada; le gustan, no es la primera cabeza rasurada que disfruta entre las piernas y ahora tendrá ocasión.»
Mario se escondía entre las sombras del almacén, el corazón le latía con fuerza mientras observaba la escena desde una esquina. La luz que entraba por las claraboyas recortaba sus siluetas como en una fotografía obscena y perfecta.
—Mírala… —murmuró para sí mismo—. La carga en brazos como si fuera una muñeca rota de tanto usarla. La lleva como a una novia, pero no hay nada romántico en esto. Uno de sus brazos cuelga inerme mientras el otro descansa flojo sobre el hombro de él, totalmente vencida. Él la domina, la asegura cruzándole una mano a mitad de la espalda mientras la otra se hunde en la carne firme de sus muslos abriéndole las piernas lo suficiente para que la imaginación vuele al adivinar lo hinchada y lo mojada que todavía está.
Carmen colgaba inerte, la cabeza echada hacia atrás, la melena negra cayéndole como una cascada salvaje sobre el brazo de la bestia. Tenía los ojos perdidos, la boca entreabierta dejando escapar un gemido silencioso. Sus tetas, firmes y con los pezones duros, vibraban con cada paso que daba el cabrón.
—Y él… joder, qué animal. Alto, con la cabeza afeitada brillándole de sudor. Sin cejas. Tiene el cuerpo de quien entrena como un puto toro: hombros anchos, pecho marcado, brazos venosos que no tiemblan ni un segundo mientras carga con ella. La polla, maciza y todavía medio erecta, se mueve pesadamente entre sus piernas con cada zancada; larga, reluciente de los jugos de alguna de las tías del grupo. Se nota que acaba de follar como un salvaje; le cuelga firme, con el glande todavía hinchado, oscilando como un péndulo obsceno.
Mario tragó saliva, sin poder apartar la mirada.
—Qué hijo de puta. Camina con esa seguridad de macho que sabe que se lleva el primer premio. La aprieta contra su cuerpo como si quisiera que el semen que le han dejado dentro no se le escape. Qué cosas digo. En realidad, la lleva mal cogida, una pierna le cuelga casi hasta el suelo, la otra va flexionada sobre el antebrazo dejando expuesto su sexo depilado; desde aquí, mi obsesión me hace distinguirlo irritado.
El semental giró hacia la salida del almacén, y Mario pudo verle mejor la cara: mandíbula fuerte, mirada concentrada en ella, como si ya estuviera pensando en lo que le iba a hacer en cuanto llegaran a la casa.
—Llévatela, cabrón… —susurró Mario con una mezcla de rabia y excitación enfermiza—. Llévatela y fóllatela hasta que no pueda ni caminar, es tu turno. Luego me tocará a mí recoger los pedazos… y oler todo lo que le habéis hecho entre unos y otros.
La pareja desapareció por el hueco de la puerta metálica, y Mario se quedó allí, solo, con la imagen grabada a fuego en la retina.
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