Lobos y gacelas III

 

 

Segundo día. Me he despertado tarde con un resacón de diez. He dejado a Paloma durmiendo y me he dado una ducha de agua fría. Al salir, he coincidido con Marina en los lavabos. No la veía desde el almuerzo de ayer, donde nos saludamos y poco más. Se está terminando de maquillar y yo me lavo los dientes a su lado. Las vueltas que da la vida; quién me iba a decir a mí que algún día iba a estar codo con codo con… nada menos que con Marina, los dos en pelotas, conviviendo en medio del campo. Marina… Dios. Gana mucho desnuda, y eso que viste para lucirse.


Salimos juntos hacia el comedor charlando, poniéndonos al día. Es tan excitante caminar a su lado, los dos desnudos, como si fuera lo más natural del mundo… ¿Qué haremos cuando volvamos a coincidir en la facultad, o en las reuniones del colegio? Haremos como si nada, es lo adecuado.

 

Nos tomamos un café. Marina me gusta desde siempre y yo, según parece, le gusto a ella. Y yo sin darme cuenta. Por primera vez desde que nos conocemos, estamos desnudos frente a frente. Cabello rubio platino, casi blanco; cejas oscuras como el vello de su pubis. Qué hermoso contraste.

 

Ayer la vi follando con un japonés amigo de Sebas: a horcajadas, con las manos apoyadas en su pecho, me miró y siguió trotando sin apartar los ojos. Por la noche, me descubrió con Paloma en pleno sesenta y nueve y me devolvió la jugada: se detuvo y nos miramos un instante. Yo estaba hundido entre las nalgas de Paloma y Marina no pudo ver mi sonrisa. Luego, siguió su camino de la mano de no sé quién.


 Y ahora, estamos los dos, cara a cara. No podemos seguir fingiendo que no pasa nada.

 

Nos vamos.

 

Marina tiene un fuerte parecido a Sam Brown, una de mis cantantes favoritas, aunque es más delicada. Tiene la piel blanquísima, un cuello largo y estilizado, y un cabello rubio platino teñido que sus cejas oscuras delatan. Cuando terminé de eyacular en su boca y me retiré, temí haber destrozado el perfecto perfilado de sus jugosos labios pintados de un profundo rojo oscuro, casi negro. No fue así: permanecían intactos, perfectamente delineados a pesar de todo.

 

Elevó el rostro con los ojos cerrados, manteniendo la cabeza echada hacia atrás en una expresión de entrega absoluta, como si la atravesase un intenso dolor. Los mechones platino, algo alborotados, se pegaban a sus sienes y a la frente, acentuando el contraste con sus cejas. Sus pestañas, espesas y negras, descansaban sobre los párpados proyectando sombras suaves sobre los pómulos, rememorando una antigua imagen de Marilyn. Toda ella era puro éxtasis.

 

Abrió la boca para mostrar el premio a su gran trabajo. La crema blanquecina y espesa se acumulaba sobre su lengua formando una barrera viscosa que se extendía de una comisura a otra. Un hilo lento y brillante escapaba por el borde, descendiendo con pereza por la barbilla hasta perderse en el hueco de su garganta, justo donde la delicada prominencia de las clavículas parecía brillar con luz propia bajo la piel. Respiraba agitada, un leve temblor le recorría el cuerpo; tragó lentamente, un sutil movimiento marcó el tránsito por su garganta. Era la imagen perfecta de la decadencia:  elegante, frágil, pálida y absolutamente obscena.

 

No creo en los presentimientos, pero algo me hizo mirar a la derecha. Allí, sobre un colchón en el suelo y en brazos de un hombre robusto de piel cobriza, Carmen nos observaba. En sus ojos se mezclaban el asombro, la incredulidad, una punzada de nostalgia y una tristeza profunda. Volví mi atención a Marina, la ayudé a incorporarse y la besé saboreando mi propio semen en sus labios. Cuando volví a abrir los ojos la busqué, pero Carmen ya se había marchado.


Mi agradecimiento a Dos Octavas por su contribución con la imagen basada en la descripción de Marina.


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