Lobos y gacelas IV
Se llama Luis. Lo sé porque anoche coincidimos de madrugada en la máquina de café. Ya me había fijado en él por la tarde mientras follaba con una pelirroja despampanante en una de las terrazas: alto, moreno, con ese aire de quien sabe exactamente lo que quiere. Está en medio del pasillo apoyado en la pared mirando muy concentrado a la habitación que tiene enfrente.
Ahora que está distraído, aprovecho para observarlo con calma. Tiene buen cuerpo el jodío: La piel bronceada, hombros anchos, el torso definido y un abdomen marcado. El depilado completo hace que su miembro parezca aún más atractivo; incluso en reposo, le cuelga grueso y pesado; el glande sobresale ancho y brillante como si estuviera pulido. El pelo negro y rizado le cae revuelto sobre la frente y las sienes. Tiene un pendiente pequeño en la oreja y una barba de varios días que le endurece la mandíbula. Mantiene una mano cerca del muslo, con los dedos largos y quietos conteniendo la tensión.
¿Qué coño mira con tanta intensidad?
Me acerco sin hacer ruido. Al sentirme, gira la cabeza y me reconoce.
—Luis, ¿verdad?
—Ajá.
Al otro lado del pasillo, por fin veo lo que lo tiene tan interesado.
Jose, un titán que se dedica a pasear su cuerpo de jugador de balonmano, de hombros atléticos y espalda ancha, empotra a Carmen contra la pared. Me quedo sin aire. Mi exmujer tiene las piernas fuertemente enredadas en su cintura, con los tobillos cruzados a su espalda, le rodea el cuello con los brazos y le come la boca como si no hubiera un mañana. Carmen se vence, apoya apenas las escápulas en el muro, Jose la sostiene en oblicuo a pulso por el culo, con las manos clavadas en las nalgas, moviéndola de arriba abajo con un ritmo profundo y controlado.
La escena es brutalmente hermosa. La luz que entra desde la ventana del fondo recorta sus siluetas en un contraste dramático. El cuerpo de Carmen se cimbrea, con los pechos aplastados contra su torso y la espalda arqueada. Cada embestida la levanta antes de dejarla caer con fuerza. El chasquido húmedo de los cuerpos resuena en medio del silencio y los gemidos, ahogados contra su boca, llegan con nitidez.
—Joder, qué tía… —murmura Luis en voz baja. Su verga empieza a reaccionar, ganando volumen a ojos vistas.
—Es mi exmujer —le confieso al oído, con una mezcla de orgullo y retorcida excitación.
Luis me mira sorprendido, pero no dice nada; vuelve a concentrarse en el espectáculo mientras su respiración se vuelve más intensa. Baja la mano derecha despacio, rodea el miembro que ya recorta una silueta dura, gruesa y venosa y empieza a masturbarse con lentitud, sin apartar los ojos de la habitación.
Seguimos allí, callados, como dos voyeurs en la penumbra del pasillo. Carmen rompe el beso, echa la cabeza hacia atrás y gime alto. Jose aprovecha para morderle el cuello y acelerar el ritmo, venciéndola con golpes secos y profundos. Los músculos de la espalda y de los glúteos se tensan con cada empuje. Ella tiembla, se agarra a los hombros con fuerza y gime más fuerte.
Luis está completamente absorto. Sé exactamente qué le pasa por la cabeza: imagina cómo sería cazarla, qué se sentiría al tenerla así, abierta y gimiendo para él. Y yo… yo quiero verlo. Quiero ser testigo de esa caza.
Carmen se tensa. Un gemido largo y quebrado escapa de su garganta y después hunde el rostro en el cuello de Jose. Él gruñe, le da dos embestidas brutales y se queda clavado en su interior, dando sacudidas cortas con la cintura. Los dos se mantienen así unos instantes, entre estertores, fundidos en uno solo.
Después, Jose la baja hasta que los pies tocan el suelo. Carmen le da un beso en los labios y le acaricia la mejilla.
Me marcho antes de que pueda verme; Luis se queda allí, pasmado, con el miembro en la mano.
…..
La sigo a las duchas. Lo sé, no debería hacerlo; si advierte que no es casualidad, se va a enfadar y con razón. Espero unos minutos fuera, todavía dudo si es buena idea. Al final no aguanto más y entro.
La sala de duchas está en penumbra iluminada solo por la luz tenue que se filtra desde las claraboyas altas. El vapor flota en el aire como una niebla ligera y el sonido del agua al caer llena todo el espacio con un rumor constante. Me quedo inmóvil junto a la entrada, oculto tras una pared de azulejos, con el corazón latiéndome en la garganta.
Allí está, bajo uno de los chorros amplios y difusos. El agua cae como una cortina plateada sobre su cuerpo. Tiene la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y los labios entreabiertos, deja que el agua le resbale por el rostro, el cuello y los hombros. Los mechones mojados se le pegan a la espalda y a uno de sus pechos brillando bajo la luz.
El chorro principal impacta sobre las clavículas y se dispersa en miles de riachuelos que le recorren la piel. Distingo con claridad cómo el agua salpica con fuerza contra sus pechos firmes: cada gota golpea la curva superior, hace que la piel se estremezca y luego rebota en pequeños arcos brillantes antes de deslizarse por los pezones endurecidos por el frío. Las salpicaduras salen disparadas hacia delante en finos hilos creando un halo de gotas que captan la luz como diminutas estrellas fugaces. Sus pechos vibran con cada movimiento de sus brazos, el agua se acumula entre ellos y se derrama en cascada, baja por su vientre plano, se arremolina en el ombligo, desciende por las caderas y por su cintura estrecha. Sus nalgas redondas y firmes brillan bajo el torrente que desciende por la espalda; el agua resbala en láminas transparentes goteando desde la curva inferior de los glúteos. Una mano descansa a un lado del muslo, con los dedos ligeramente separados, mientras la otra cuelga relajada. El agua que gotea de sus pechos cae sobre las piernas trazando caminos brillantes por los muslos hasta llegar al suelo.
Está completamente expuesta, ajena a mi presencia, con el cuerpo arqueado bajo el chorro disfrutando del agua fría sobre la piel. El vapor sube desde los hombros y el vaho hace que todo parezca aún más íntimo, casi irreal. Mi pulso se acelera al verla así, tan natural, tan vulnerable, tan condenadamente hermosa.
Doy un paso sin poder evitarlo, y salgo de mi escondite. Carmen se vuelve al instante.
—Ah, eres tú.
—Sí, venía a ducharme... si no te importa.
—No, claro. ¡Espera! Quédate en la entrada y vigila. Avísame si ves llegar a alguien.
Obedezco. Desde mi puesto de guardia la observo. Separa las piernas, flexiona ligeramente las rodillas y se hurga con una mano. Mira hacia abajo con la cabeza agachada y veo brotar un chorro grueso y humeante que se mezcla con el agua de la ducha. Entonces, levanta la cabeza y me clava esa mirada profunda tan suya, antes de volver a concentrarse en ella. La escena dura poco. Termina, se enjuaga con el agua que desciende por su cuerpo, se aparta el pelo de la cara y me dice:
—Ya puedes.
Seguimos siendo cómplices a pesar de estar separados.
—¿Qué hacías mirándome follar? Te vi con Luis. Vaya par de mirones.
—Lo siento, pasaba por allí, lo vi parado y….
—Pasaba por allí. Qué excusa tan cutre.
Nos echamos a reír. Se enjabona los pechos, las axilas, el cuello sin quitarme los ojos de encima. Yo, no sé lo que hago, no sé lo que digo.
—¿Lo estás pasando bien?
—¿Tú qué crees? ¿Y tú? Te he visto muy bien acompañado.
—No me puedo quejar.
Nos interrumpe un tío al que no conozco pero que en cambio parece conocer muy bien a Carmen. Es un hombre mayor, de unos sesenta años, bien conservado, tan alto como ella, con el pelo blanco, corto, barba gris cuidada y un cuerpo que se mantiene firme y atractivo para su edad. Tiene hombros anchos, pecho amplio con vello canoso, nada de tripa y una polla gruesa, que cuelga con una presencia madura y semierecta mientras camina hacia nosotros.
Se acerca, la abraza por detrás pegándose a ella y le besa el cuello con familiaridad. Ella se ríe con gusto y se arquea contra él.
—Te estaba buscando —le dice con una voz grave y tranquila.
—Pues ya me has encontrado —responde, coqueta.
No hay presentaciones. Se marchan abrazados, él baja sin disimulo por su cintura hasta posarse en su culo. Carmen se gira un segundo antes de irse y lanza un beso al aire.
Yo… me he quedado solo en la ducha. De pronto, me masturbo desesperadamente. Qué idiota, ahora tendré que ir a pedir una de esas pastillas.
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