Vértigo

 

 

Está en bragas sentada frente al Mac repasando su texto. Nos resistimos a dejar que el otoño entre en nuestras vidas. Mañana volveremos a Madrid pero esta noche, frente a la bahía, apuramos las ultimas bocanadas del verano.

Está concentrada. Lee, relee, retrocede, repasa, corrige; es tan concienzuda como yo. A su lado, un gin tonic poco cargado. La observo desde el sillón fingiendo que leo. Sigue tan hermosa como la que aparece plasmada en el relato que pule. «Mi trabajo me cuesta», dice en un párrafo.

 

Y la deseo, Dios, cómo la deseo.

Me llama, me consulta una duda, le corrijo además una coma por un punto y coma. Me aparto, no quiero interferir en su relato. Me asomo al balcón desde el que se ve la bahía que luce iluminada en la penumbra. Esta noche va a ser larga, me temo, pero su relato estará terminado y publicado.

Poco antes de que den las dos, se levanta y viene al balcón. Un temor se queda atrapado en mis labios antes de ser dicho: «Te van a ver». ¿Quién la va a ver? Es de noche, noche cerrada y frente a nosotros, ocho plantas por debajo, la avenida repleta de tráfico y más allá, la bahía iluminada. La miro mirar a lo lejos erguida, con las manos afianzadas en el grueso cristal que nos separa del vacío, el rostro oculto por la melena y el pecho bañado por la tenue luz del exterior. ¿Quién va a levantar la mirada al cielo, quién?

 

—¿Has acabado?

 

—Lo he publicado.

 

—¿En serio?, me hubiera gustado echarle un vistazo.

 

—¿Y seguir? ¿hasta cuándo? No, está bien como está. Como siga, no lo publico.

 

Lleva puestos los aros que le regalé por su cumpleaños, oro blanco, abiertos, con una cadenita que los cierra. A juego con el del ombligo, los pendientes y el otro. No se los ponía desde…

 

—Te estoy hablando.

 

—Perdona, estaba…

 

—En mis tetas, ya. ¿Crees que he hecho bien en poner lo de mi familia?

 

—Es tu decisión.

 

—Todavía estoy a tiempo.

 

— Tarde o temprano se iban a enterar. De hecho, ya se lo huelen.

 

Calla, mira al infinito que se pierde en la noche, vacila. Es momento de dejarla pensar.

 

—Tráeme el tabaco, porfi.

 

—¡No lo encuentro!

 

—¡En el bolso!

 

Me entretengo más de la cuenta mirándola asomada al balcón, una versión porno de la Muchacha en la ventana de Dalí. Más esbelta, más alta, más desnuda. Me acerco, le ofrezco el paquete y el mechero, y en el último momento lo retiro.

 

—Tabaco por bragas.

 

Sonríe; a estas alturas me sigue viendo como a un eterno adolescente. O soy yo el que se comporta como tal.

 

—¿Un trueque?

 

Me encojo de hombros. Yo he impuesto las reglas, pero me siento en sus manos.

 

—Cógelas tú.

 

Le doy la cajetilla y el mechero. La contemplo encender un cigarro, guiñar los ojos por el humo que la brisa le devuelve y soltar la primera bocanada. Cruza un brazo bajo el pecho para descansar el codo y sostener el pitillo en vertical. Apoya la cadera en el cristal. El vidrio protesta con un chasquido sordo, ella ni se inmuta; me lanza esa mirada que lleva desarmándome desde que la conocí. Una mirada que dice: «¿A qué esperas?».

 

Me sitúo detrás, miro hacia donde ella mira: el mar, las luces, el destello de un barco que cruza el horizonte. La beso en un hombro, le aparto el cabello y emprendo un camino cien veces recorrido; me cebo en la nuca, su respiración vocaliza un «¡ah!» tan sensual que me siento tentado a quedarme ahí, mordisqueando. Avanzo, termino en el otro hombro y me alejo a contemplar el panorama: piel y músculo trabajado, una sinfonía de volúmenes suaves y sombras precisas, donde cada relieve muestra el equilibrio perfecto entre la fuerza y la gracia. Mis dedos se precipitan por su espalda marcando sin uñas y acabo de rodillas —si fuera creyente le rezaría una plegaria—; por fin, deslizo hasta los tobillos la única prenda que la cubre.

 

Ella se libera levantando un pie y luego el otro. Lanzo la braga atrás por encima del hombro. Un destello fugaz de una escena similar en la que otro hombre la recoge al vuelo termina de encenderme. La última vez sucedió hace seis meses: en aquella ocasión preparé un ritual para entregarla, esta noche es solo mía. Le beso las nalgas antes de volver a su lado; le acaricio los riñones, palpo la firmeza que ya han probado mis labios. «Mi trabajo me cuesta», confiesa en el relato; horas de gimnasio, natación y carreras campo a través la mantienen como está a sus cincuenta y cinco espléndidos años.

 

La misma edad que tenía Amalia entonces.

 

—¿Qué te ha pasado?

 

—Nada.

 

Miramos a lo lejos, no hay prisa. La percibo, la huelo, la escucho respirar. Fuma despacio, deja que el aire consuma el cigarrillo. El barco abandona el horizonte por estribor.

 

—¿Una copa?

 

De camino le doy un azote y ataco el minibar: vodka con tónica —se acabó la ginebra—; Cardhu 12 para mí. Vuelvo, y con una copa en cada mano, le beso la columna hasta caer a la altura de sus riñones, su aroma de mujer me atrae como un imán; me controlo y se le escapa la frustración en un gemido. Brindamos, le paso por un pezón el vaso helado y me insulta zafiamente, pero no se retira; repito en el otro y se muerde el labio. Sus ojos negros me taladran. Consigo ponérselos como piedras, se los chupo, los beso, se los muerdo. «Espera», me pide; vuelve al portátil, consulta, sonríe y me llama. Ya hay un par de comentarios.

 

—No está mal, ¿no?

 

—No. En su línea. —respondo impaciente.

 

Me besa, me quita el bóxer y…

 

Al balcón. Vaya, otro final no resuelto. ¿Cómo decía el comentario?, un cliffhanger.

 

Está inquieta, lo noto. Le preocupa la respuesta que vaya a tener el relato. «Es muy fuerte», reconoce. Enciende otro cigarrillo. Bebemos y hablamos de otras cosas para calmar el vértigo que la invade: hablamos del océano que se intuye en la sombra, de la hora a la que saldremos mañana de regreso, de otras cosas. Le acaricio la espalda, le manoseo el culo como sé que le gusta. Se recuesta en mí, me engancha la erección. Tarareo «Maneras de vivir» y le provoco una risa espontánea que rompe la tensión.

 

Me masturba flojito, con ganas. Intento colar un par de dedos entre sus nalgas, pero lo tengo difícil y acudo a Burning: «Mue-ve-tus-ca-dee-ras…». Ríe como una niña, echa el culo hacia atrás y me ofrece la gruta del tesoro, cálida, mojada. Me mira mientras nos acariciamos.

 

—Vamos a la cama —propongo.

 

Niega con la cabeza y me mata con sus ojos negros cargados de pasión.

 

—No, aquí —ordena en medio de un jadeo.

 

Y ahí lo hacemos hasta el final, ¿quién nos va a ver? Yo estallo contra el cristal del balcón; ella rompe la voz al aire, con el torso suspendido en el vacío como una sirena de proa y con mis dedos incapaces de frenar la riada. La brisa le bate el cuerpo y la presión de su pelvis agitada hace vibrar el vidrio.

 

—Estamos locos.

 

«Afortunadamente seguimos estando locos», pienso mientras la estrecho en mis brazos.


27 comentarios:

  1. No entiendo por qué el hecho de desvelar una escena recién vivida me produce un pudor que no siento al contar otras sucedidas hace años o décadas. Cuestiones de la mente.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Será porque el tiempo pone una distancia entre la persona que fuimos y la que somos.

      Esto no es mío, lo he leído en alguna parte.

      Eliminar
  2. Y dices que esto lo has acabado en la sala de espera de urgencias. Eres la leche.

    El vértigo se respira por todo el relato, el de ella por la respuesta que vaya a provocar su escrito. En cada crujido del cristal del balcón y en esa mirada al vacío cuando la estás elevando al cielo y otra vez el cristal se queja.

    ¿Miraría alguien hacia arriba? Eso que se perdieron.

    ResponderEliminar
  3. Jejeje, el comentario del cliffhanger es mío, entiendo que Carmen sintiera vértigo, pero la sensación que yo tuve fue que aunque intenso no se me había hecho tan duro leerlo como si fue leer los capítulos del diario de Sevilla cuáles precipitaron la ruptura de Mario y Carmen.

    En una gacela entre lobos Carmen es consciente en todo momento de lo que hace y es ella la que toma las decisiones de participar a diferencia de Sevilla que estuvo casi todo el tiempo drogada.

    ResponderEliminar
  4. Mucho confiasteis en ese cristal, ocho pisos de altura yo vivo en un sexto y no me gusta nada asomarme, lo que se hace por amor, jajajaja.

    ResponderEliminar
  5. El vértigo que se siente al ver la profundidad a la que podrías caer, es similar al que se siente al saber que alguien, puede estar viendo semejante espectáculo.

    55 años, una mujer madura en plenitud.

    Que habrá sucedido con la familia, que Carmen se cuestiona si habrá hecho bien en plasmar esa frase,
    "¿Crees que he hecho bien en poner lo de mi familia?

    —Es tu decisión.

    —Todavía estoy a tiempo.

    — Tarde o temprano se iban a enterar. De hecho, ya se lo huelen.

    Que es lo que habrá pasado, otra pregunta más, que espero sepamos en algún momento, podremos darnos una idea, pero seguir especulando por un futuro que ya pasó.

    Habrá que esperar .

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me da a mi que entre Mario y Amalia pasó más de lo debido y seguramente con Esther también.

      Eliminar
  6. El deseo es el motor que nace de la expectativa de conseguir una meta, el deseo es la energía que nos mueve hacia nuestro fin, crece poco a poco con cada aproximación y produce un placer indescriptible, un placer que alimenta y motiva nuestro camino hacia la meta. El placer está en el camino, es el camino, la meta solo significa el final del placer.

    Me a alegrado mucho comprobar que al final conseguiste recorrer el camino hasta la meta, pero también comprobar que esa meta no fue el final del placer sino la salida de nuevos caminos que recorrer y nuevos placeres que descubrir.

    ResponderEliminar
  7. Eres la hostia, Mario,

    Francamente, qué delicia de relato tan fresco y actual; claro que te produce cierto pudor, no tiene la perspectiva de tu diario, no es un recuerdo, es algo que todavía tienes fresco en la piel.

    ¿Qué más quieres que estar loco a estas alturas de la película? La madurez con gusto no pica, enriquece.

    Poder renacer de las cenizas como el ave fénix es algo al alcance de muy pocos; sin embargo, por lo que parece, lo habéis conseguido y la manera con la que os tomáis las cosas ahora es para deleitarse con la compañía, sin el frenetismo de otros tiempos.

    Lo del balcón es un detalle que añade mucho morbo a la situación, lo que me hace ver que no habéis perdido un ápice de poner especies en vuestra relación, aunque estas sean mucho más suaves que en otros tiempos.

    Tenéis la gran ventaja de la experiencia y de conoceros el uno al otro como nadie podría hacerlo, y esto significa que muchos problemas sean un “déjà vu”, con lo que las soluciones ya están escritas y son fáciles de aplicar.

    Me encanta vuestra relación a estas alturas, habiendo pasado lo que habéis pasado juntos.

    Cuidaros mucho.

     

     

    ResponderEliminar
  8. “ Ya hay un par de comentarios.

    —No está mal, ¿no?

    —No. En su línea. ”

    Joder tío como puedes ser tan cruel jajaja

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Esa es una de tantas interpretaciones. La tuya.
      Me remito de nuevo al efecto “café La Humedad” para salvar tus palabras. Solo así quiero entenderlas, como una broma entre amigos sin mayor importancia, que dicha a través de la frialdad de la red cobra un valor y un sentido que estoy convencido que no tiene. La broma, sin gestos, sin rostros, sin cercanía, se vuelve casi agresión. Eso es lo que tienen las redes, por eso hay que complementar las palabras con más palabras para que no se confundan las intenciones. O medir las bromas; y esto que digo no es censura, es prudencia.

      Eliminar
    2. No pienso discutir contigo Mario pero creo que no es para tanto

      Eliminar
  9. La misma edad que tenía Amalia, y se ensimisma a saber en qué recuerdos. Algo ve Carmen y le pregunta qué le pasa, nada, le dice él porque no es la mejor ocasión para decirle en lo que está pensando, o mejor dicho, en quien.
    Esos silencios y excusas se dejan pasar porque forman parte de la privacidad de la pareja, tampoco hay por qué exigirle a tu compañera o compañero que te cuente cada cosa que se le cruza por la cabeza. Si hay confianza, saldrá en el momento adecuado, al menos así es como nosotras lo entendemos

    ResponderEliminar
  10. Yo tengo un vértigo tremendo y lo he sentido durante todo el relato: las ocho plantas vistas desde un simple cristal me pone a temblar, el crujido cuando se apoya me habría hecho sujetarla de un brazo y separarla, o verla colgando al vacío doblada por la cintura mientras la masturbaba me habría cortado el rollo. Pero lo he disfrutado, me ha dado una tensión añadida, está muy bien descrito.
    Lo confieso, yo habría estado dos pasos por detrás diciéndole, “¡Ya, por favor, entra! “. Soy muy lanzada para otras cosas pero para las alturas soy una miedica.

    ResponderEliminar
  11. Tranquilo Mario, no me ofendí, de hecho me salio una sonrisa, es la verdad siempre soy el primero es escribir los comentarios, jajajaja.

    ResponderEliminar
  12. Que maravilla de escena y dejarnos participar de vuestra intimidad, como decía algún compañero … sabiendo todo lo que habéis pasado y leer esta escena solo puedo alegrarme por vosotros.

    Lo de la familia ha debido ser algo bastante fuerte por lo que dice Carmen en su relato y la mención aquí de pasada. Además a carmen le dijo bernardo como puedes estar así con Mario después de lo que hizo con tu familia… y es algo que a pesar de ser fuerte Carmen está dispuesta a perdonar para tener cerca a Mario, y para mí eso es lo más bonito de esta relación

    ResponderEliminar
  13. Seis meses atrás es ponerse en abril o mayo, que es cuando Mario dice que tiró la braga atrás por encima del hombro a otro hombre que la pilló al vuelo, y que fue en un ritual para entregarla. Ayer como quien dice
    Cada vez contáis cosas más cercanas. Me pregunto qué habréis hecho hace una semana o dos. Estáis rompiendo los límites, ¿sois capaces de contarnos lo último de lo último, o qué?

    007 Desde Murcia con amor

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Acho, ya lo hicimo en plena pandemia, ¿no te acuerdas?

      Eliminar
  14. Yo lo veo asi, Amalia es la viva imagen de Carmen con veinte años más, pero igual de hermosa, viendo como estaba Mario en aquel entonces y que el matrimonio de Amalia tampoco estaba pasando por el mejor momento, lo que me hace pensar es que entre estos dos pasó algo.

    Tal vez no fue con Amalia y fue con Esther, pero lo que está claro es que hizo mucho daño a la familia y yo me muerdo las uñas por saberlo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Todos estamos en lo mismo, que fue eso que paso entre Mario y la familia de Carmen, porque el secretismo, ya nos contarán en algun momento lo sucedido, pero me temo que no será pronto.

      Como es costumbre en cada capítulo, nos dejan más frentes abiertos, que poco a poco serán describiendo con forme el diario avanza, lo malo es que vansa demaciado despacio.

      Haber que nos comenta Mario

      Eliminar
    2. Tenemos que tener paciencia, porque bocado que se hace esperar se saborea dos veces.

      Eliminar
  15. Mario avanzanos algo por favor que necesitamos saber que pasó en la familia

    ResponderEliminar
  16. Pues fíjate que yo creo que los tiros no van por ahí. Porque cuando Esther descubre el diario y empieza a leerlo hizo el comentario “joder con mama” según Mario.

    Mé lleva a pensar que o bien desconoce el origen de lo que vaya a suceder después, o que los tiros van por otro lado.

    ResponderEliminar
  17. Estoy con la intriga de que pasó, no se como estais el resto.

    ResponderEliminar
  18. Sé que es mucho pedir pero a mí me gustaría conocer la versión de esta historia contada por Carmen. ¿Nos pasa lo mismo?

    ResponderEliminar
  19. A mi también me gustaría conocer la versión de Carmen, pero Mario también tendría que contar la suya, de esa manera tendríamos el mapa completo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mario tendría que contar su versión? En serio? Y quien coño ha escrito Vértigo? Cervantes? Es que me parto contigo

      Eliminar