Aviso a navegantes

 

Cuando pasen los meses, o los años, se habrá perdido el contexto que, a día de su publicación, tiene este breve relato. Es por ello que añado un preámbulo para poner en situación a aquellos que se acerquen en un futuro más o menos lejano.

 

Hace unas horas —trece de octubre del dos mil veintiséis— y a raíz de un comentario mío (“Cómo me gusta ser tres, ya me entendéis”) en el capítulo doscientos once, varios lectores especularon sobre las supuestas / posibles / probables relaciones íntimas entre, digamos, el protagonista y las mujeres de la familia de su esposa. Incluso alguien rebosando osadía llegó a apostar, al estilo del «qué fue primero, el huevo o la gallina», quién caería antes en las perversas manos del autor: la hermana o la madre de la protagonista. A lo que yo respondí: «Sois libres de especular, estaría bueno. El tiempo responderá.»

 

Y todo habría quedado ahí si no fuera porque las hermanas se dieron por aludidas, entraron al juego y en pleno ataque combinado, me recordaron el Asunto Diana. «Puestos a especular…», dijeron a dúo. Insistieron, puse objeciones, pero con ellas, la batalla está perdida: terminé por claudicar, me sumé a la idea y esta madrugada plasmé en un breve relato la precuela de lo que en su día será (o es, según cuando se lea este preámbulo) la historia de Diana. Lo publico tal cual antes de que se me escape volando la primera versión que ha surgido de entre mis recuerdos robándole tiempo al sueño, ya me disculpareis, no he querido perder tiempo en depurarlo.

 

Puestos a especular… ¡más madera!

 

Virgen

 

En un tiempo y en un lugar…

 

—Vuelve a la cama.

 

Diana está apoyada en el marco de la ventana sujetando las cortinas con su cuerpo. Una de ellas, de gasa casi transparente, se pliega sobre su hombro y desciende a lo largo del costado sujeta por la curva de la cadera. Una mancha parduzca y acartonada se adhiere a su piel, en la parte interior del muslo, tirante al tacto, un residuo seco y cobrizo que delata la magnitud del encuentro.

 

El sol le da de lleno. Ilumina el contorno de sus pequeños pechos de púber y realza los pezones erizados. La clavícula se dibuja con claridad. El vientre es plano, suave, con un leve abombamiento bajo el ombligo. Los muslos muestran la turgencia de un cuerpo en desarrollo; la curva de la espalda y la tensión de los glúteos recuerda aún a la niña que fue. La sombra que proyecta su cuerpo sobre el muro de la habitación es larga, un segundo perfil que la acompaña sin tocarla.

 

Diana tiene el cabello rizado, corto, de un castaño que en la penumbra parece más oscuro; se arremolina alrededor de la nuca y cae en mechones desordenados sobre la frente y la mejilla. En el pubis es salvaje y abundante. La frente es alta y despejada. Las cejas, densas y arqueadas, enmarcan unos ojos grandes que miran hacia el jardín. La nariz es recta, de punta delicada. Los labios, carnosos y entreabiertos, tienen ese color rosado que solo tiene la piel joven. El rostro conserva la inocencia de la niñez, es un rostro infantil en pleno cambio hacia el de una mujer joven a la que la luz de la mañana le regala la frescura de los primeros años de la edad adulta.

 

Desde donde estoy, en la cama, solo puedo ver el ángulo de su mandíbula, la línea del cuello que se tensa levemente cuando traga saliva, y el modo en que su mano se aferra al borde de la cortina con los dedos apretados. El resto de su cuerpo permanece entregado a la luz sin pudor ni intención de exhibirse.

 

No sé si está triste. No sé si está preocupada. Tal vez solo mira cómo el viento mueve las hojas del jardín, o cómo la sombra de la casa vecina se alarga sobre la hierba. Tal vez no mira nada. Solo está. Está desnuda, bañada por el sol, sujetando la cortina con el peso suave de su cuerpo joven.

 

—Vamos, vuelve aquí.

 

Me mira. Si no la conociera desde el día en que nació, creería ver a una niña. Lo es, a pesar de sus veinte años. No los aparenta, es peligrosamente joven.

 

—Era virgen —me reprocha. No, no es un reproche; lo parece, pero no lo es.

 

—Lo sé. Ambos lo sabíamos.

 

No dice nada; yo tampoco. Enfoca más abajo de mi vientre, a la huella reseca en mi piel de su tránsito. Reacciono, es inevitable. Me mira a los ojos y consigue hacerme sentir culpable por esa tensión que ha movido mi verga como si tuviera vida propia. Le gusta. Le gustó antes y le gusta ahora.

 

—¿Te ha dolido?

 

Mueve la cabeza de un lado a otro y sigue mirando cómo crece.

 

—¿Te gustó?

 

Sonríe. Se le abre una amplia sonrisa y menea la cabeza. Es una niña.

 

—Ven a la cama. ¿Quieres más?

 

Menea la cabeza y acude. Se acurruca en mi costado, sus pechos se hunden en mi tórax, su cabello me hace cosquillas, su olor me excita, su mano se ceba en mi polla.

 

—No me quedaré embarazada, ¿verdad? 


Sus  grandes ojos me miran llenos de fe.


—Cariño, me hice la vasectomía hace muchos años, no tienes de qué preocuparte, pero si te quedas más tranquila…


Me interrumpe con un gesto enérgico; lo habíamos hablado antes y decidió prescindir del preservativo, quería sentirlo del todo, dijo. Siempre ha confiado en mí, no tenía por que ser distinto esta vez.


—No voy a poder mirar a mi padre a la cara.

 

—Podrás. No eres una cría, Diana, tienes veinte años. Vives con ellos porque te resulta cómodo. Con lo que te pago, podrías alquilar un apartamento.

 

—No me pagas tú, me paga el gabinete.

 

—Es lo mismo, cariño. Lo que quiero decir es que no tienes por qué avergonzarte de lo que haces con tu vida delante de tu padre.

 

—Me lo va a notar el sábado.

 

—¿Qué pasa el sábado?

 

—¿Te has olvidado? Es el cumple de mamá.

 

—¡Joder! Si no me lo dices…

 

—No me mires.

 

—Si no te miro es cuando se van a dar cuenta de que pasa algo.

 

—Joder, qué mal rollo.

 

Es tan niña a veces… y tan mujer otras… respira tranquila en mi pecho mientras juguetea con mi verga como si…

 

—Diana.

 

—¿mmm?

 

—Eso no es una de tus Barbies.

 

—¡Tonto! Hace mucho que no juego con muñecas. Es que me gusta. —dice dándole un apretón. Unas gotas resbalan por sus dedos.

 

Sigue. Está relajada, la acaricia, recorre el glande con la yema del pulgar con una habilidad que me sorprende.

 

 —¡Estate quieto!

 

—¿Cómo es eso? ¿Tú me puedes tocar la polla y yo no te puedo tocar el coño?

 

—Te vas a manchar.

 

—¿Más?

 

—¿No te importa?

 

—Si yo te contara…

 

—Cuenta, cuenta.

 

—Después. Ahora túmbate. ¿O no quieres hacerlo otra vez?

 

—¿No me dolerá? Es tan… grande.

 

Y ella, tan tierna…

 

—¿Te dolió antes?

 

—Nada. Bueno, un poquito.

 

—Confía en mí. Esta vez te la voy a meter entera.

 

—¡Sí…!

 

De un brinco se tumba con las piernas abiertas, las manos en los pechos les dan más volumen.  Y en el rostro aparece toda la ilusión inconsciente de la adolescente que a los veinte años no ha terminado de madurar.

 


3 comentarios:

  1. Eres cruel dejandonos a medias y sin darnos mas datos se quien ds Diana y que relación teneis de parentesco

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  2. Se nota que no te has dedicado a depurar. No es una crítica, todo lo contrario, se agradece leer un texto en estado puro y poder ver al escritor al desnudo. Excelente, poco hay que corregir, detalles menores, algunas repeticiones, pocas, porque las que más salta a la vista son necesarias, emocionales. Imprescindibles.
    Esta tarde lo comentaré como lectora, ahora quería hacerlo como redactora y correctora.

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  3. ¿Diana es la sobrina de Mario de la que hablas Carmen en su relato ayer, hay y mañana III?

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