Ten years after
El Salón de Actos de la Facultad lucía el mismo suelo de mármol desgastado de siempre. Nada había cambiado en estos años: otras caras, pero los mismos gestos. Pensarían que habían inventado ellos las viejas artimañas que llevan décadas practicándose para trepar en esta aula magna, templo del saber.
Apuraba una copa de Rioja en la recepción posterior al congreso, tratando de asimilar la marea de recuerdos que, por unas cosas u otras, estaba a punto de amargarme la tarde.
Primero, mi hermano. Me llamó tras años de silencio desde el escándalo que convulsionó a la familia. No se le ocurrió otro pretexto mejor para romper mis defensas que anunciarme la muerte de Alvin Lee, apelando a la nostalgia de nuestra adolescencia. Cualquier excusa valía con tal de reabrir el diálogo; era un comienzo, el inicio del deshielo. Hablamos de cuatro minucias como quien atraviesa un campo minado, y quedamos en vernos. Propuso Sidney, otro foco de añoranza, y lo di por bueno. Aun así, fui incapaz de preguntarle por ellas.
Después…
Apenas logré concentrarme en la conferencia; mi cabeza seguía atrapada en esa llamada. Sin embargo, la verdadera sacudida no vino de la nostalgia, sino de quien no esperaba encontrarme en la tribuna: alguien que convertía el deshielo con mi hermano en un asunto menor.
La invitación vino del propio rector, un viejo amigo de mis tiempos universitarios que, al parecer, quería proponerme algo. Ni siquiera me molesté en averiguar el tema de la charla ni el nombre del conferenciante; de haberlo sabido, habría hecho lo que llevaba haciendo los últimos diez años: evitarla.
Cambié de copa y bebí un sorbo. A pocos metros, una pequeña multitud rodeaba a la ponente estrella de la tarde. Ya no era la joven que guardaba en mi memoria. Diez años después, proyectaba una elegancia cálida y serena: traje de tono suave, escote discreto, peinado sobrio y una soltura al hablar que combinaba firmeza y empatía. Cómo había cambiado. O es que no supe ver su potencial.
Diez años después seguía siendo ella, solo que más ella misma. El brillante expediente académico se había plasmado en una carrera sólida; la suplente ambiciosa de entonces era ya una profesional consolidada que seguía moviéndose con la misma determinación. Y el cuerpo, que evidentemente no había dejado de entrenar, lo confirmaba.
Los ojos grandes y oscuros seguían siendo su arma más peligrosa: ahora, había en ellos una calma segura, como quien ya sabe exactamente el efecto que produce. El pelo castaño, todavía ondulado y abundante, mostraba unos hilos plateados en las sienes que no se molestaba en teñir; le caía un poco más corto, a la altura de los hombros. El rostro había ganado carácter: los pómulos marcados, los mismos labios carnosos, la nariz recta… pero ahora unas pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos y de la boca le daban un aire de mujer que ha vivido.
El cuerpo había madurado sin perder firmeza. Alta, de silueta atlética y decididamente femenina. Los hombros y los brazos conservaban la definición de quien no ha abandonado el ejercicio; el torso, ancho y potente, bajaba hacia una cintura que seguía siendo estrecha, aunque no con la frescura de los veinte. Los pechos, naturales y generosos, habían perdido un poco de aquella juventud que desafiaba la gravedad, pero se mantenían firmes. Las piernas, largas y fibrosas, tenían la solidez de alguien que ha corrido, levantado y sudado durante una década entera.
Cuando los asistentes se dispersaron, el cruce de miradas se repitió por enésima vez. Despidió a un rezagado y caminó hacia mí con paso tranquilo.
—Mario —pronunció con un tinte de nostalgia y una sonrisa dulce en los ojos.
—Enhorabuena, has estado impecable —le dije, eligiendo un término tan elegante como vacío para camuflar mi absoluta ignorancia de lo que había expuesto.
Porque durante la última hora, mi atención no había estado en sus palabras, sino en la sacudida de tenerla de nuevo a escasos metros. Mientras los demás asistentes le prestaban atención, yo trataba de procesar una década de huida y el peso de mi antigua ceguera.
Ella me sostuvo la mirada. Por un instante, temí que me hiciera profundizar en algún punto concreto de la conferencia dejándome completamente al descubierto frente a la aplastante seguridad con la que ahora se movía.
—He seguido tu trayectoria todos estos años —comentó con ternura, tocándome suavemente el brazo—. Tus publicaciones, tus artículos sobre trauma y conducta... Me alegró mucho ver lo bien que te iba.
Bajé la mirada hacia mi copa, incómodo. La sombra de aquel despacho cerrado se proyectó entre los dos.
—Siento no poder decir lo mismo —contesté en voz baja, tragándome el orgullo—. Perdí tu pista cuando dejaste la facultad.
—Bueno, necesité volar —sonrió ella sin un ápice de acritud—. Hice el doctorado en Tubinga, abrí mi propia clínica y ahora dirijo el departamento de neurociencia de…
—Sí, lo sé.
—¿No decías que me habías perdido la pista? He hecho lo que siempre soñé. Metas cumplidas.
—Me alegro sinceramente de que todo te haya ido tan bien —dije, intentando cerrar el encuentro con una cortesía prudente antes de que el fantasma del pasado terminara de aplastarme—. Veo que tienes compromisos, no quiero robarte más tiempo.
—No tan de prisa, Mario —me detuvo con voz suave pero firme, apoyando una mano sobre la mía—. Todavía me quedan preguntas en el tintero. Balas en la recámara, si prefieres verlo así.
Me preparé para el golpe. Durante casi una década había cargado con aquel recuerdo como una cruz, con la culpa amarga de haber actuado como un salvaje para reafirmar mi propio ego roto.
—Si vas a reprocharme lo de entonces... —empecé, con la voz apagada—. No hay día en que no lo lamente. Me comporté de una forma despreciable y...
—Te equivocas —me interrumpió con una dulzura inesperada, apretándome los dedos.
La miré, descolocado.
—Tengo un recuerdo hermoso de aquellos días —continuó ella, mirándome a los ojos con infinita comprensión—. De verdad, estoy muy agradecida por todo lo que me enseñaste. Me abriste los ojos, Mario... —hizo una pausa, miró a ambos lados y una chispa de picardía maliciosa iluminó su rostro— ...además de abrirme el culo, claro.
Parpadeé, petrificado y completamente sobrepasado. La tensión en mi espalda comenzó a ceder, dando paso a una extraña mezcla de alivio y perplejidad. Era mi oportunidad de reconciliarme conmigo mismo, así que aguardé en silencio.
—Lo único que te reprocho —añadió inclinándose hacia mí con una sonrisa juguetona y bajando la voz a un murmullo confidencial— es que hoy podría ser una perfecta lesbiana... si no fuera porque, en los momentos precisos, añoro la fascinante sensación de tener algo vivo enterrado en el culo agitándose por ir más allá. Es lo que me dejaste grabado a fuego desde entonces y que nadie, ningún otro hombre y mucho menos una mujer, ha sido capaz de reproducir con fidelidad. No sé si lo entiendes. Una vez se lo intenté explicar a una novia bisexual, pensé que ella lo entendería: estábamos viendo un documental sobre los salmones luchando contra la corriente de un gran río. Saltaban un desnivel retorciéndose en el aire y, créeme, lo sentí dentro, como si fuera ayer y se lo dije. ¿Sabes qué pasó? Me miró como si estuviera loca.
Me quedé sin aire, con la garganta seca. La miré a los ojos buscando un rastro de sarcasmo, pero solo encontré una honestidad transparente y un afecto genuino.
—Pero no me interpretes mal —remató ella, con una caricia tibia en la mejilla—, no te estoy insinuando nada. Si lo intentáramos ahora, lo único que lograríamos sería estropear un bonito recuerdo que probablemente he idealizado y sea mejor de lo que en realidad fue, y eso sí que no me lo voy a permitir.
No supe qué decirle. Estaba sobrepasado por una vivencia radicalmente distinta a la culpa devoradora que había arrastrado durante diez años. Me dedicó una última mirada llena de calidez, me dio un suave apretón en la mano y se alejó sin decir adiós. Nos despedimos como dos viejos amigos que han curado las heridas y saben, con absoluta certeza, que no necesitan volver a encontrarse.
Noche tórrida en la que se hace difícil dormir porque ademas, no soporto el aire acondicionado de noche. MOS está de despedida, yo escribo, bebo agua con hielo o hielo con agua y escribo.
ResponderEliminarApuro los últimos días antes de nuestro regreso. Gracias, guardiano, como siempre atento al rumbo.
Te cundió la madrugada. Ya sería algo más que agua con hielo no me engañes
ResponderEliminarCati quedó contenta y tú machandote diez años con la jodida culpa.
Lo de la familia lo sueltas por joder no? Ahora nos tendrás una temporada comiéndonos la cabeza con lo que paso con “ellas” para que se dejaran de hablar
Buen relato donde Mario nos relata dos vivencias diferentes sobre un mismo acto, uno siente la culpa y la otra la añoranza.
ResponderEliminarNo me atrevo a adivinar cuando ocurrió este hecho, pero si te agradezco al igual que a MOS que siempre tengáis estos detallitos con nosotros.
Esta mañana lo leímos en la cama y cuando llegamos al párrafo de la novia bisexual nos miramos y la dos dijimos lo mismo: qué ignorante, y nos echamos a reír. De ahí pasamos a unas cosas y otras. Total que mi chica ha llegado tarde, pelín escocida y yo he comenzado tarde la jornada en remoto, se me habrá visto en pantalla una sonrisa de oreja a oreja.
ResponderEliminarLa culpa crece y crece por no hablar las cosas.
Supongo que para el jueves tendremos noticias y conociendo a MOS, me espero cualquier cosa.
ResponderEliminarAlvin Lee el líder de Ten years afters el grupo de rock progresivo de los setenta
ResponderEliminarEn mi casa sonaba Love like a man mis padres eran unos hippis que se quedaron con las ganas de ir a la isla de wight y a woodstock pero yo Mamés desde pequeño ese ambiente
Alvin lee murió en marzo de 2013 o sea que ya tenemos la fecha del reencuentro de Mario y Cati, diez años después. Lo que no sabemos es que coño ha hecho Mario para cabrear a toda su familia ni cuándo. Supongo que sería por esas fechas cuando andaba desorientado y más perdido que otra cosa.
Love like a man. Una puta maravilla. Os la recomiendo
ResponderEliminarLa verdad es que no sabemos lo que pasó en la familia de Mario, pero lo que está claro es que no dejas de hablarte con tus padres y hermanos por una niñeria, Mario habla de ellas, ¿quienes serán?
ResponderEliminar¿Pueden ser sus hermanas?, no recuerdo si Mario tiene hermanas o tal vez ¿sean sus sobrinas?
Lo que queda claro es que si su hermano no hubiera llamado Mario no hubiera hecho el intento, si no recuerdo mal un hermano de Mario tenía problemas con el juego, ¿podría ser este el problema que convulsión a la familia?
Me surgen demasiadas preguntas.