La carta inesperada


Cayo cerró la puerta de su apartamento con un suspiro de cansancio. Otra firma de libros agotadora, otra horda de fans aduladores que lo miraban como si fuera un dios. Desde que le concedieron el premio Paleta de literatura, dotado con dos millones de euros, su vida había dado un vuelco. Es verdad que, si después de publicar su primer libro no hubiese fichado como tertuliano para una de las cadenas privadas de televisión más polémicas, no habría optado a ganar el premio literario más codiciado que curiosamente pertenecía al mismo grupo editorial que la cadena televisiva en la que departía cada mañana sobre temas de actualidad. Como dijo un compañero de tertulia: Todo queda en casa.

Se sirvió un Jack Daniels con dos hielos, sacó el montón de cartas del bolso —esa tradición anticuada que aún mantenía en sus eventos— y las esparció sobre la mesa del salón. La mayoría eran elogios previsibles, declaraciones de amor platónico y algún que otro dibujo erótico discreto.


Pero una sobresalía de entre las demás. El sobre era negro, elegante, con letra manuscrita en tinta plateada. La abrió con curiosidad.


«Mí queridísimo Cayo, si me vas a joder házmelo rápido y seguido. No te eternices.
Que conste que prefiero largo y profundo.

B.»


Cayo soltó una carcajada. No había firma completa, solo esa inicial. B. La de un lector, la de una amante, con lujuria. Cayo sintió un cosquilleo inmediato en la base de la columna. Hacía años que nadie lo desafiaba así, con esa mezcla de descaro y provocación.


B no podía ser otro que…, ¡qué bruto era!, ¿cómo no se había dado cuenta antes? B, después de tanto tiempo, volvía a las andadas. Cayo sonrió con nostalgia.


Dos días después, en la siguiente ciudad de la gira, otra carta idéntica en el montón. Misma letra, mismo sobre negro.


«¿Ya te decidiste, Cayo? Porque yo sigo esperando que me jodas como te pedí.
Rápido y seguido. O largo y profundo. Tú eliges.
No me hagas suplicar… todavía.

B.»


Esa noche, en la habitación del hotel, Cayo se rompió la cabeza pensando si B no sería en realidad una admiradora desconocida. Imaginó una boca insolente, unos pechos firmes, una voz grave susurrando esas palabras mientras lo montaba sin piedad. Se excitó imaginándola con uno de sus libros en una mano y la otra entre los muslos.


Y decidió que tenía que averiguarlo.


La tercera carta llegó en Barcelona, entregada en mano por una chica de la librería con una sonrisa cómplice.


“Te vi hoy en la firma, estabas guapísimo con esa camisa negra ajustada. Me moría de ganas de arrodillarme debajo de la mesa y chupártela mientras firmabas. ¿Te habrías corrido en mi boca sin que nadie se diera cuenta?
Elige ya, Cayo. Rápido o largo. No tengo toda la vida.

B.”


Cayo leyó la carta en el baño del evento con la polla dura contra la cremallera. Esa vez había una dirección: un bar discreto en el Born y una cita: esa misma noche, a las doce.


Llegó a las 11:57. El lugar estaba casi vacío. Sólo una mujer en la barra, de espaldas, pelo negro largo, vestido rojo que se ceñía a un culo perfecto. Cuando se giró, Cayo casi se atragantó con su propio aliento.


Era ella. Ojos negros, labios carnosos pintados de rojo oscuro y una sonrisa que prometía pecado y castigo a partes iguales.


—¿B? —preguntó con la voz más ronca de lo que pretendía.


—Beatriz —respondió ella, levantándose. Era alta, casi de su altura con tacones—. ¿Ya te decidiste, queridísimo Cayo?


Él se acercó hasta que sus cuerpos casi se tocaron.


—Las dos cosas —dijo—. Primero rápido y seguido. Luego largo y profundo. Hasta que supliques.


Ella soltó una risa baja, deliciosa.


—Esa boca… menos mal que tus libros no mienten.


Lo tomó de la mano y lo llevó al baño del fondo. Cerró con pestillo. Sin preámbulos, lo empujó contra la pared y se arrodilló. Le bajó la cremallera y con dedos ágiles, sacó su polla ya dura como la piedra y se la metió hasta la garganta en un solo movimiento.


Cayo ofendió a los dioses mascullando una blasfemia y enredó los dedos en su pelo. Ella chupaba como si llevara años esperando ese momento: rápido, profundo, sin respirar apenas, dejando que la saliva resbalara por su barbilla. Lo llevó al borde del derrumbe en menos de dos minutos y luego se detuvo.


—Primera ronda: rápido. Ahora seguido.


Se levantó y se subió el vestido, Cayo se encargó de bajarle las bragas a los tobillos. Beatriz se empaló de un solo movimiento brutal. Cayo la sujetó por las caderas y la folló contra la puerta del baño, fuerte, rápido, sin contemplaciones. Ella le clavaba las uñas en la espalda mordiéndole el cuello para no gritar. Cayo la volcó sobre el lavabo, le untó el esfínter con su propia humedad y apuntó certero.


—Joder, sí… cuidado… no seas bruto…


Se corrieron casi a la vez, ella lo apretó tanto que todo se fundió en negro.


Salieron del baño como si nada, pidieron dos copas en la barra.


—Primera parte cumplida. Rápido y seguido. Ahora me toca elegir el sitio para lo largo y profundo.


Dos horas después, en la suite del hotel donde se alojaba Cayo, la tenía atada a la cama con sus propias corbatas. La había lamido durante casi una hora, lento y torturador, hasta que ella suplicó entre lágrimas de frustración. Luego la penetró despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos.


—Esto es lo que querías, ¿verdad? —susurró mientras la embestía hasta el fondo, sin prisa.


—Sí… joder, sí… más profundo…


La folló durante horas. Cambiaron de postura mil veces: ella encima, cabalgándolo como una diosa vengativa; él por detrás, tirando de su pelo mientras le azotaba el culo; de lado, con una pierna sobre su hombro para llegar más adentro. La hizo correrse tantas veces que perdió la cuenta, ella lloriqueaba su nombre destrozada de placer.


Al amanecer, exhaustos, sudorosos, ella se acurrucó en su pecho.


—¿Sabes? —dijo agotada—. La próxima carta te la escribiré con tu semen en mis tetas.


Cayo rio, besándole el pelo.


—Trato hecho, Beatriz. Pero la próxima vez, te joderé tan lento que olvidarás tu propio nombre.


Ella sonrió, maliciosa.


—Prefiero que seas bruto.


—Te confundes, soy Cayo, aunque si insistes, podría arreglar un trío.

 


6 comentarios:

  1. Bruto.
    Querido Cayo, ves como hace falta picarte un poco, pero reconoceme que te estás divirtiendo con la coña, aunque a estas horas no soy persona yo también.
    Y gracias por la dedicatoria, a ver quién tiene un capítulo dedicado por el gran premio paleta.

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    1. Es que, teniendo un “muso” como tú, fue fácil no perderse en si el techo necesita otra mano de pintura y ponerse a escribir con los mimbres que me diste.
      Un abrazo, muso. O mejor:

      Camena, mihi carmen inspira!

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  2. Lo más probable es que, dentro de algún tiempo, lo que se acerquen por aquí no le encuentren sentido a este relato. Por eso, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación.
    Este mini relato nace de un comentario que publicó ayer nuestro compañero de viaje Caito, conocido por Bruto; una especie de declaración de intenciones, carta a los reyes magos y sueño freudiano que cogí al vuelo y, Jack Daniels mediante (qué sería de mí sin mi amigo Jack) la noche me confundió, como dijo el insigne poeta cubano, y el teclado, no yo, produjo esto.
    Que se le va a hacer, nadie es perfecto, ya lo dijo Osgood.

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  3. Menos mal que como alcalde das una explicación, porque alguien puede pensar que solo por los datos que das, que caio es un tertuliano que trabajara con su mujer y que seguro no le importaría cobrar ese premio literario más jugoso que el ganado recientemente.
    Y otra cosa te das cuenta que como tengas que dedicar un relato a cada lector que te lo insinúe, el diría va a quedar desatendido.
    Fuera de bromas, espero que estos relatos te ayuden a desconectar un poco del diario y que cada vez que lo retomes sea provechoso.

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    1. No preocupes, Kiko, esto ha sido una suerte de polución nocturna virtual que no me aparta de mi objetivo: publicar a lo largo la semana que viene.

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  4. Jajaja, me a gustado mucho, lo que un comentario puede dar de sí, jajajaja.

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