Lobos y gacelas V
Man in black
Lo había visto. ¿Cómo no verlo? Un coloso negro de piel brillante como el ébano pulido bajo la luz del sol no pasa desapercibido. Se pasea desnudo haciendo gala de un físico esculpido a golpes de cincel. Hombros anchos, pecho profundo, abdominales como placas de armadura y unos brazos surcados por gruesas venas, tan potentes que parecen capaces de sostener el mundo. Y siempre, siempre, acompañado de alguna de las mujeres más deseadas del recinto. Entre ellas, como no, figura Carmen.
Es solo cuestión de tiempo que coincidan. O que se busquen. O que colisionen.
Porque a Carmen le vuelven loca los machos negros. Y lo digo así, sin eufemismos. Ella es una hembra blanca en la cima de su belleza, de su fuerza y de su hambre. Comparte… ¿establo?, ¿cuadra? Comparte el mismo espacio con el mejor semental de la ganadería. Sé cómo suena, pero no encuentro otra forma de expresarlo. Cuando lo vemos avanzar llevando de la mano a una de las yeguas, todos pensamos lo mismo —Lo sé, no suena bien, pero el clima que se respira propicia este tipo de lenguaje y aún peor; en unos y otras—. Y si nos lo tropezamos en plena monta, el espectáculo es sobrecogedor. ¿Puede una hembra humana relinchar cuando la atraviesa una verga de proporciones sobrehumanas y un grosor casi insoportable? Doy testimonio: los gritos, quebrados por el temblor y el empuje de semejante macho, son lo más parecido a un relincho que he oído jamás.
El encuentro está destinado a producirse. Se han visto. Se buscan y se esquivan jugando a un juego de poder del que ambos quieren salir victoriosos. Jack destaca, por supuesto, pero Carmen no le queda a la zaga: sobresale entre todas las hembras, además de por su imponente físico, por su altura. Un ejemplar de casi uno noventa no pasa desapercibido en un entorno en el que no hay tacones para corregir lo que la naturaleza no ha dado. Ninguna otra alcanza la cota del metro ochenta ni de lejos. Carmen, con sus medidas de top model y su envergadura, llama la atención allá por donde pasa. Y allí, desnuda y descalza, es el complemento perfecto de Jack. Están condenados a encontrarse, sí.
Al fin se encuentran.
Cruzan pocas palabras. Se miran frente a frente. Desde su envergadura, los demás parecen tan pequeños… Muestran sus atributos con descaro: en él, una bolsa voluminosa sobre la que descansa una verga imponente que crece por momentos; en ella, unos pechos pequeños, firmes y puntiagudos sobre un tórax atlético, y una vulva abultada cuidadosamente depilada. Se miran y se valoran. Dos cuerpos desnudos de semejante calibre no tienen derecho a hacernos esperar. Jack la domina con su sola presencia. A pesar de la estatura de Carmen, la supera por media cabeza. Ella lo abraza, cubriendo sus anchas espaldas, y de un salto le rodea la cintura con las piernas. El contraste de tonos es brutal: la piel bronceada de Carmen palidece frente al azabache de él, rubricando trazos de luz sobre un manto negro. Las uñas largas, pintadas de negro, se clavan en la carne brillante. Las piernas infinitas le atrapan la cintura, con los pies cruzados a la altura de las nalgas. Jack, con la espalda recta y vencida ligeramente hacia atrás para soportar el peso, extiende los brazos en cruz y planta los pies con fuerza, obligándola a sostenerse por sí misma con la potencia de su propio cuerpo. Ella aguanta así, con el rostro escondido en su cuello.
Carmen se mantiene un tiempo indefinido mientras la multitud —hombres y mujeres tan desnudos como ellos— los vamos rodeando. Él permanece inmóvil, majestuoso. De pronto echa a andar. El grupo abre paso. Avanza con ella a cuestas, los brazos aún en cruz, en un alarde de fuerza y posesión.
Llega a una de las plazas y se detiene a esperar que los cerquemos de nuevo. Le dice algo al oído. La sujeta por las nalgas, separa las piernas y Carmen se deja caer hacia atrás, despacio, sosteniéndose con la sola tensión de su cintura hasta quedar colgada boca abajo. Jack la afianza firmemente por las caderas. Ella se agarra a las muñecas y queda suspendida.
¿Cómo? ¿Cuándo la ha penetrado?
La mantiene ensartada, sin pegarla a su pubis para que la siembra sea evidente ante todos. Ella oscila en el aire movida por el impulso que recibe de las caderas de Jack. La melena se balancea, los pechos vibran, ambos danzan una coreografía de sexo y carne en tensión, donde los músculos del macho lucen en toda su potencia: el pecho henchido, el vientre marcado y esos brazos de hierro sosteniéndola como si no pesara nada. Y ella, ligera como una pluma, entregada al vacío, muestra un vientre tenso y unos pechos firmes y breves que apenas alteran el perfil de su tórax.
Alrededor, la gente ya no solo mira. La excitación ha ido in crescendo; nos acariciamos de forma febril los unos a los otros. Manos y bocas recorren pechos, vientres y glúteos. Algunos, incapaces de aguantar y sin desviar la mirada, empezamos a follar allí mismo de pie, de rodillas, jadeando al ritmo del coloso. Otros imitan la postura del dios de ébano y la yegua, cargando en vilo a sus parejas para ensartarlas a la vista de todos. Alguien osado intenta arrodillarse ante el rostro de Carmen, pero bastan un gesto de rechazo de ella y una seca advertencia de Jack para apartarlo con contundencia.
De pronto, Carmen suelta una mano y se cubre los ojos temblando. Él la sujeta con más fuerza, la estampa contra su pubis, tensa el cuello y la espalda, y lanza un rugido para marcar territorio. Tras unos largos segundos de colapso, se derrama en su interior entre intensos gemidos y potentes bramidos. Carmen espera el final de la sacudida y tira de la potencia de sus lumbares y abdominales dibujando un arco lento en el aire hasta incorporarse y volver a abrazar al macho sin deshacer el nudo que los mantiene unidos.
Jack la conduce en brazos hasta el recinto, seguido por lo que ya es una multitud. Nos agolpamos a la puerta de uno de los dormitorios donde la deposita. Está desvanecida, con las piernas abiertas, mostrando la siembra del macho que rebosa de su interior.
Él se sube al lecho con el miembro erguido, amenazante. Como apenas puedo verla, me abro paso a codazos entre la gente susurrando: «es mi mujer, es mi mujer». Entonces soy plenamente consciente del poder que la doblega: aquella verga oscura, gruesa como mi muñeca, con las venas hinchadas a lo largo del tronco y un glande ancho, brillante de fluidos, más parecido a un percutor que a un pene vuelve a penetrarla, le arranca un largo gemido provocando murmullos entre la gente. La embiste sin desfallecer durante tanto tiempo que estoy a punto de suplicar clemencia para ella. Por fin, la insemina de nuevo, se deja caer sobre su cuerpo un par de minutos sin abandonar su interior y después se aparta, sin regalarle una sola caricia.
Todo el mundo se va. Menos yo.
Espero. Sé que no debo romper su letargo. Mi único deseo es estar a su lado cuando vuelva en sí. Aunque no me necesite, aunque vea la desilusión pintada en su rostro cuando abra los ojos y me encuentre a mí en lugar de aquel que la acompaña en esta aventura y no ha aparecido. Voy a estar a su lado.
Entiendo porque Carmen le a pedido a Mario que la acompañe, ningún otro de sus amantes va a disfrutar tanto como lo hará el.
ResponderEliminarEl amante que a llevado Carmen siempre está a su lado, porque cada vez tengo más claro que ese amante es Mario, aunque tal vez me equivoque y no sea así.
A mi personalmente me gustaría que antes de que está serie de relatos titulado Lobos y gacelas podamos ver un encuentro entre Carmen y Mario.
Mario sigue tan enamorado como el primer día y aunque crea que Carmen no lo necesita algo me dice que no es asi.
No creo que Mario vea la desilusión en el rostro de Carmen.
ResponderEliminaren el comentario anterios puse que era algo parecido a un seminario, pero las palabras que usa Carmen es un retiro. "—Sexo, pero no en plan orgía porque sí: sexo libre cuando quieras, con quien quieras y en libertad absoluta, sin obligaciones y sin presiones. Es lo que te he dicho: conocer a gente y actuar sin limitaciones; si te apetece, lo haces; si no te apetece, no pasa nada. Se trata de integrar el sexo como algo natural sin que tenga que entrar un componente de cortejo ni de sometimiento, ¿entiendes?, algo tan básico como el comer, el charlar o el compartir una copa. Un acto de puro placer compartido con quien te apetece, si le apetece. Sin obligaciones." haciendo está referencia Carmen actúa tal cual, no hay cortejo no hay obligación, se le antojo a ese mulato y a el se le antojo a Carmen y se disfrutaron mutuamente, y todos a su alrededor disfrutaron viendo como congeniaron y se entregaron al placer mutuo.
ResponderEliminarBruto.
ResponderEliminarQuerido Cayo, me estas haciendo adicto a el último párrafo.
“ Porque a Carmen le vuelven loca los machos negros. ”
ResponderEliminarMe he acordado de Salif al que nunca ha olvidado y del que no se ha ha vuelto a saber nada.
Yo espero volver a verle tengo mis pistas Mario no marca como una tag nada que no considere importante y salif está entre las claves de búsqueda.
El lenguaje es brutal yegua - siembra - establo - cuadra - relinchar - semental - ganadería
ResponderEliminarCarmen no es una mujer es un ejemplar o una yegua o una hembra y Jack es un macho semental
No follan el la monta la siembra
Mario dice que es el lenguaje que surge del ambiente que se vive allí y que no encuentra otra forma mejor de expresarse
Es una experiencia de sexo en estado puro ya lo dijo Carmen cuando invitó a Mario
Sobra el intelecto es volver a lo primitivo y natural
¿Donde hay que apuntarse?
¿Como lo hacía Mario?, incluso yo siento ciertos celos leiendo este relato y eso que no conozco a Carmen ni la he visto en mi vida.
ResponderEliminarEntiendo que tenga que ser así, pero a mi este tipo de encuentros no me terminan de convencer, demasiado fríos para mi gusto, pero para gustos los colores.
ResponderEliminarRespecto a la saga lobos y gacelas, entiendo el significado, que es estar en un retiro donde andas desnudo, se te antoja un tipo te lo tiras, o viceversa se te antoja una mujer y congenian adelante a follar.
ResponderEliminarPero creo importante el arte de la seducción el cortejo, el tratar de llevar a tu terreno a la dama, o al caballero según sea el caso. el placer que se siente cuando estás a la conquista de alguien , el ritual de vestir de tal o cual manera para agradar a la vista a tu posible compañero/a, usar tal o cuál perfume, la invitación a cenar, a bailar, el tacar pien, el beso furtivo.
Todos esos pasos que tienes que seguir se disfrutan tanto a más que el acto, como lo leí en algún libro, el orgasmo es el placer final, pero el ritual de la conquista hace que el acto se convierta en sublime.
Pero también entiendo al placer carnal como un acto instintivo, la hembra está en celo, llega el macho la cubre y a otra cosa. en el acto instintivo, la hembra escoge o selecciona al macho o semental con el que quiere ser montada, solo que en el retiro las dos partes se escogen mutuamente, y se respetan, no es no
Cómo alguien dijo en otro comentario, me apunto, cuando es el próximo retiro.
Impresionante! El lenguaje como decís explica muy bien la situación. Carmen se siente libre con Mario cerca, Mario la observa con devoción y disfruta viéndola disfrutar, esa fue la chispa que originó todo y que Carmen inconscientemente la sigue alimentando… Mario disfruta teniéndola pero sin tenerla, Carmen disfruta sabiendo que a Mario le gusta verla. Esa chispa que originó todo no se apaga…
ResponderEliminarEspero. Sé que no debo romper su letargo. Mi único deseo es estar a su lado cuando vuelva en sí. Aunque no me necesite, aunque vea la desilusión pintada en su rostro cuando abra los ojos y me encuentre a mí en lugar de aquel que la acompaña en esta aventura y no ha aparecido. Voy a estar a su lado.
ResponderEliminarPara mi este es un paso importante hacia una posible reconciliación, Mario debería
mostrar más veces esta faceta a Carmen, la de estar a su lado simple y llanamente porque es lo que más desea.
Carmen a hecho la elección correcta, no veo a Andrés, Ángel y a Tomas no saltando muertos de celos, incluso dudo que Domenico pudiera soportar seis días.
ResponderEliminarFuera de los hombres que acuden asiduamente a esos simposios la elección de Mario era la mas sensata. La verdad es que Mario se lo esta pasando en grande porque esta viviendo su sueño aunque no completamente.
Imaginaros como hubieran sido estos seis días si Mario y Carmen no hubieran patinado en Sevilla y siguieran juntos, no me equivoco si digo que hubieran sido los mejores seis días de sus vidas.